El yoga para mí, más que una disciplina, es un estilo de vida, de ser, de estar.

El yoga llegó a mí en un momento en el que empezaba a tener preguntas acerca de muchas cosas y no encontraba respuestas. Desde que fui a mi primera clase en un estudio en Monterrey, sentí una conexión hacia esta práctica, el salón, la maestra, el olor a incienso, el recibimiento que me dieron, todo se sintió tan bien que decidí darle una oportunidad. En un principio solo me concentraba en hacer bien las posturas. Al haber estudiado Ballet desde pequeña, la parte física de la práctica fue lo primero que me enganchó y las posturas se sentían como algo natural en mí. Se me hacía muy divertido poder en algún punto, llegar a hacer esas posturas que veía en los posters a la entrada del salón. Cada vez que iba me sentía bien, era como sumergirme en un espacio en donde solo importaba lo que pasaba en el tapete. Después de un tiempo, esa sensación de bienestar se fue pasando a mi vida diaria y me di cuenta como era mucho más suave conmigo misma y con todo a mi alrededor, me sentía más ligera y en paz.

Ahora me doy cuenta que la práctica de yoga va mucho más allá de las posturas, y sus beneficios son infinitos. Seguí practicando durante varios años, a veces lo dejaba por algún tiempo pero siempre regresaba. Hace un par de años decidí hacer del yoga una forma de vida. Ahora tengo la oportunidad de poder transmitir un poco de este proceso en mis clases, y me siento muy agradecida de poder compartir los grandes cambios que esta práctica le ha dado a mi vida.